Sigo aquí —respondió—. Pero necesito saber algo.
Horas después… encontró un nombre.
Y luego otra.
Y luego una historia incompleta.
La mujer de la carta existió.
Ella había tenido hijos.
Pero desaparecieron del registro.
“Probablemente se fueron muy lejos…”, explicó el empleado. “Mucha gente hacía eso”.
Eso significaba una cosa.
No sería fácil encontrarlos.
Pero Esperanza no se rindió.
Utilizó algunas monedas de plata.
Solo las necesarias.
Enviaba cartas. Hacía preguntas. Buscaba pistas en distintos lugares.
Las respuestas tardaban en llegar.
A veces no llegaban.
Pero ella continuó.
Mientras tanto… su vida continuó.
El embarazo progresó.
Y un día… llegó el momento.
Solo.
En el silencio de las montañas.
No hay médicos. No hay ayuda.
Solo ella… y su fe.
El dolor era intenso.
Las horas interminables.
Pero en medio del esfuerzo… sintió algo extraño.
No estaba sola.
No sabía cómo explicarlo… pero no estaba solo.
—Ven conmigo… —susurró al aire.
Y al amanecer… el llanto de una niña pequeña llenó la casa.
Esperanza la abrazó con lágrimas en los ojos.